¿Qué tal te fue con el arriendo del planeta?

Si hoy mismo tuviera que rendir cuentas por el mundo, si atrás de la puerta me estuviera esperando  Dios o quien sea para preguntarme cómo me ha ido con el arriendo del planeta, me daría vergüenza responderle. Sólo podría decirle que he tenido unos arrendatarios que en vez de pagar las cuentas del agua dejaron lágrimas, que pusieron clavos en las paredes hasta que las grietas se tragaron todo el cobijo del mundo y que exterminaron a cada uno de sus vecinos.

Y si el dueño de todo esto me amenazara con mandarme a la cárcel me iría por mis propios pies. Y si se largara a llorar ante el desastre yo intentaría aplacar mis sollozos para dejarlo vivir su tristeza. Y si no me creyera y quisiera con sus propios ojos comprobar las puertas fuera de sus marcos, las ventanas rotas y el piso podrido,  le seguiría. Pero si, sin rabia ni pena, me preguntara “¿Por qué?”, no sabría qué hacer.

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